Un poco más de dictadura, por favor.

In General, Personales by MiguelLeave a Comment

Nada de lo que ha sucedido hoy en Venezuela a partir de la última sentencia del TSJ le parece sorpresivo a nadie. Como si se tratara de una coreografía previamente ensayada, el poder ejecutivo y judicial, sin rubor alguno, llevan a cabo la más vergonzosa fusión de poderes públicos que hayamos podido presenciar en los últimos años, tanto en Venezuela como en el hemisferio. Como en una presentación de nado sincronizado, concebida con precisión y cautela, calculando el movimiento de sus pesos y contrapesos hasta el más mínimo detalle, el ejecutivo pasa ahora a ser el todo de la nación, esto es, administrador, legislador, juez y fuerza militar al mismo tiempo. Esta era la pesadilla que todos temíamos, pero por razones que desconocemos, de alguna manera u otra, pensamos, irracionalmente, que no iba a suceder. Algo nos pasó que, habiendo visto cómo se estructuraban como comando revolucionario al margen de su propio partido, creyéramos que, por arte de magia, en algún momento, por mera vergüenza con la historia, el chavismo se detendría. No, no lo hicieron, no quisimos anticiparnos y nos equivocamos en no detenerlos a tiempo, tenían un plan y eso en Venezuela, en la historia política, económica e incluso deportiva, (tal como @Elpulgarin lo señalara ayer en su artículo sobre la vinotinto), es algo que, por simple que parezca, es muy poco frecuente.

En este sentido, el chavismo se constituye, tras las sentencias del TSJ que le otorgan todo el poder al ejecutivo, en una anomalía en la historia de Venezuela. Nadie, en su sano juicio, pensaría que, algo menos que un partido político, liderado por un esperpento como Nicolás Maduro pudiese arraigarse de tal forma que, hoy por hoy, se encuentre en el poder sin que la oposición represente para él una amenaza seria. Es decir, el chavismo, pese a su imagen indisciplinada, su aparente improvisación, su falta de compromiso democrático y otra serie de defectos que podríamos pasar horas enumerando, alcanzó, pese a todo, lo que siempre quiso lograr: mantenerse en el poder por casi 20 años, fundir a los poderes públicos en uno solo, castrar a la fuerza armada y transformar al movimiento opositor en poco menos que una piedra en el zapato. Nunca creímos que fueran capaces porque la constancia, así sea en la maldad, es algo que en Venezuela es tan escaso como la nieve. Al final, pese a todo, sin necesidad de Chávez, hicieron lo que Chávez hubiese querido. La única diferencia es la ausencia de carisma, consuelo en el cual muchos se refugian pensando en que toda la violencia que ejerce el régimen es producto del supuesto ‘miedo’ que los acecha. Nada más alejado de la realidad. Desde 2002, como dice Félix Sánchez, en cuanto programa de televisión y de radio se podía, desfilaron un sin fin de analistas, muy respetados en nuestras más apreciadas universidades, afirmando que el gobierno ‘estaba caído’, ‘que tenía miedo’ y que ‘era cuestión de tiempo’ para que se llegara a un desenlace. El desenlace nunca llegó, así como nunca ha llegado para los cubanos que todos los días van al malecón de la Habana a ver si por fin pasa algo a pesar de ellos. No solo fracasamos escogiendo a nuestros líderes, sino que como capital humano, como universitarios, como responsables ante el país de explicar lo que sucedía, fracasamos también. Es decir, no sólo la fuerza armada, el poder judicial o la clase política fracasó, también como universitarios fracasamos al disfrazar desde un optimismo maníaco el panorama que se nos venía, un síntoma de ello es que los alumnos se nos fueron de las aulas antes que nosotros, no porque nos despreciaran, sino porque ante la falta de una respuesta prefirieron jugársela ante la incertidumbre que implica la migración que ante una pistola.

También Cabrujas.

En medio de la desazón, como si fuera un oráculo, todos, de una manera u otra, hemos vuelto a Cabrujas para tratar de explicarnos esta vaina, para tratar de entender qué fue lo que nos pasó, dónde fue que nos equivocamos y así volver nuestros pasos a un lugar seguro desde donde pudiésemos rehacer un pacto. Sin embargo, y aquí es donde creo que el maestro se equivocó, hoy ya no somos un campamento como bien lo decía, ya dejamos, hace casi 20 años, de ser ese lugar de paso, ese ‘mientras tanto’ donde tratamos de resolver lo urgente sin que prestemos atención a lo necesario. Hoy dejamos de ser un campamento y nos convertimos en un cuartel, con disciplina absoluta, con régimen cerrado dentro de los poderes públicos, con nuestro altar de mártires revolucionarios. Ya no vivimos en el ‘como si’ al que se refería Cabrujas, ese estado de simulación y falta de compromiso permanente: ya no simulamos, ya somos, y somos una mierda, ¿O es que acaso las sentencias del TSJ no condenan a morir de hambre a niños, ancianos e incluso a los animales de zoologico? ¿Es que acaso lo que hace el TSJ es un acto de colegio diseñado solo para ser noticia? ¿Es que el hecho de que se hayan fundido en uno junto a Maduro es algo que para ellos es producto de la improvisación?. En esto creo que Cabrujas se equivocó, ya no somos el tipo aquel que corría con media res en el lomo al cual el maestro calificó, a la luz de lo que parecía una fiesta improvisada aquel 27 de febrero de 1989 como ‘un jodedor’. Creo, por el contrario, que los días de la improvisación quedaron en el pasado, ya no hay ‘jodedores’, solo hay gente con hambre en contra del poder en una de sus configuraciones más abyectas y evidentes: la dictadura, esa en la que llevamos años diciendo que vivimos pero frente a la cual actuamos como si se tratara tan solo de un mal gobierno.

Amanecimos Tomando…

Como si del fin de una borrachera se tratara, hoy amanecemos sin saber dónde estamos ni cómo volver a casa. La peor pesadilla de cualquier ciudadano, de cualquier país, de cualquier sociedad, se cumplió: recuperamos la cordura pero perdimos la memoria. En este punto, ante una emergencia de esta naturaleza, frente a un panorama en el cual la jugada en equipo, la apelación al colectivo como protagonista, o a altos líderes políticos como conductores del descontento, es una mera utopía, lo único que queda mientras no exista articulación, si es que algún día llega a haberla, es salvar lo poco que queda: la propia vida, y en este punto, por muy triste que parezca, muchos preferirán volver a emborracharse y tratar de perder la cordura otra vez, apostando así por el futuro, olvidando el presente, el largo y lento presente. Hace años los relojes se detuvieron en la Habana, el futuro dejó de ser una opción, el presente inmediato impuso su agenda y sobrevivir decorosamente se transformó en el único proyecto de vida plausible. Hoy también se pararon los relojes en Venezuela, solo vemos hacia la Guaira a ver si algún barco ha llegado con comida.

Nota: Me encantaría saber quien tomó esta foto.

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