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Elecciones en España: Populismo y Telenovelas

In General, Personales by MiguelLeave a Comment

Cuando acompañamos a Giselle al colegio a votar el pasado 26J la impresión que me llevé fue que estaba en medio de una elección de centro de estudiantes en un liceo cualquiera. No había ningún computador en manos de ningún personal dentro del lugar, ningún AK-47 fuera del recinto ni tampoco ningún instrumento que causará sospechas como una ‘capta huella’. La cosa resultó tan rápida como lo era votar antes de que en Venezuela se instalara lo que Luciano Garofalo denominó la “geloio-cracia“, esto es, “un gobierno (κρατός) de payasos y payasadas (γελοῖος)”.

A pesar de no tener ningún compromiso electoral que cumplir, estas elecciones  transmitían una rara sensación de fracaso, de espejo roto. Todos los partidos españoles, de una manera u otra, durante la campaña, o antes de ella, hicieron del tema Venezuela un tema central. Como diría Cabrujas, hicieron una ‘simulación’, un ‘como si’ les preocupara genuinamente un país cuya influencia es escasa o casi nula en el día a día de la Península Ibérica. Frente a lo venezolano, en mayor o menor grado, tanto Iglesias como Rajoy, Rivera o Sánchez hicieron su acto de colegio, su mojiganga: buscaban ser interrogados sobre el asunto para, improvisadamente, de forma casi folclórica y sin mayor conocimiento, forzar alguna declaración sobre el tema que repercutiera inmediatamente en una valoración positiva frente a sus electores. El cómo se relacionaban los candidatos, los partidos y los medios con lo venezolano antes y durante la campaña me llevó a pensar que la estupidez humana se había transformado en un virus mortal e incurable, cuyos síntomas eran la ausencia casi absoluta del sentido del ridículo, la banalización de lo trágico de la vida y la escasa o nula capacidad de dar razones para defender un punto de vista.

En el caso que nos ocupa, la visión de lo venezolano como tragedia, parecía haberse quedado anclada a alguna escena de telenovela como Cristal, La Dama de Rosa o La Dueña: era como si en la disputa por la presidencia española, Venezuela se hubiese quedado atada a dos imágenes melodramáticas sin posibilidad de ser reconocida fuera de ellas, dos imágenes que se identifican, como ya muchos especialistas en telenovelas han dicho, con la Cenicienta o con el Conde de Montecristo.

Populismo para todos los gustos y colores

Me trajo malos recuerdos ver cómo de la forma más burda, populista y demagógica, los líderes de las toldas en pugna se acercaban a lo venezolano para buscar la validación de sus electores. Así, para que el electorado de uno le reconociera como defensor de los derechos humanos, visitar Venezuela se hizo fundamental. En otro caso, para que sus electores le refrendasen el título de ‘luchador incansable contra la izquierda’, se buscó adrede el enfrentamiento con la figura más estúpida de la izquierda latinoamericana (no hace falta que lo diga, pero si, me refiero a Maduro). Del mismo modo, en el caso de otra de las opciones, para que el partido no perdiera el liderazgo de la socialdemocracia iberoamericana en plena campaña, se envió a uno de sus representantes más connotados a liderar un supuesto diálogo en Caracas. Por último, para que su electorado los validara como la vanguardia de la nueva izquierda española, Unidos Podemos tuvo el tupé de exigir en un punto, que no se hablara de Venezuela en la campaña luego de haber refrendado, en todos los medios posibles y hasta la saciedad, el proceso chavista durante años.

Así se implicaron, desde lo afectivo, desde el cálculo efectista (y de manera visiblemente interesada) con lo venezolano, Ciudadanos, el Partido Popular, el PSOE y Unidos Podemos, asunto que hacía que frente al evento electoral uno se sintiera parte sin ser parte. No recuerdo quién fue que dijo que de tanto mencionar a Venezuela en la campaña deberían haber puesto urnas en Caracas.

De esta forma, Venezuela se convirtió tan solo en un pretexto, en la protagonista de telenovela en desgracia con la que todos quisieron tomarse la foto a fin de que tal cosa repercutiera el 26J en las urnas. Como parte del imaginario iberoamericano, nos transformamos en la excusa perfecta para la proyección de afectos, inseguridades y deseos del pueblo español tal como años atrás sucediese con nuestras telenovelas.

Demagogia, Telenovelas y literatura

Por todo este juego de afectos desbordados, por toda la cursilería puesta sobre la mesa, tanto la campaña como el resultado electoral me resultaron llenos de populismo burdo y rancio, ese que creemos que solo existe en latinoamérica cuando en el fondo parece crecer, multiplicarse y sofisticarse cada vez más, en países del llamado primer mundo. Más aún, y tan lamentable como lo anterior, resulta el cómo nos acercamos a estas formas de populismo contemporáneo ‘Hecho en Europa’: nos dejamos cortejar por personajes desconocidos que vienen de ultramar, buscamos su validación, su visto bueno. Ver a Rivera en Ramo Verde era como ver una repetición en cámara lenta de esa banal idealización por lo foráneo que desde Gallegos hasta Sánchez Rugeles, pasando por el propio Uslar, forma parte aún de los lugares comunes de la literatura venezolana desde la cual construimos aún la narrativa de nuestra identidad, narrativa que viene acompañada regularmente de esta idealización no solo en lo político si no también en nuestra forma de construcción del espacio académico, laboral, familiar y afectivo.

Tras ver a Venezuela deambular por la boca de todos, la puesta en escena de esta elección que tuvo su climax el 26J, me pareció una tragicomedia local, un episodio más de una pantomima de baja estofa. En España ganaron los burdos, los que lloran en los mítines, los que consumen telenovelas y reality shows, los que más adelante llegarán a ser capaces de hacerse daño y hacerle daño a quien sea con tal de sentirse seguros y orgullosos de su gentilicio. Al final ganó la demagogia y, luego de escuchar tantas referencias ‘hiperbólicas y ridículas’ (Descartes dixit) sobre Venezuela, de ver también cómo entre unos y otros candidatos se denigraban hasta el hastío, nuevamente, me sentí en Caracas, la Caracas de Chávez, esa que cree que en lo electoral se juega la vida, el destino personal, la posibilidad de tener un futuro. Si ya estaba harto del populismo Venezolano ahora estoy harto del populismo ibérico así como de la bajeza de la naturaleza humana y de su empeño en la degradación mutua.

Hoy, tras no obtener los resultados que deseaban, algunos de los partidos españoles han culpado al Brexit de su fracaso, otros, en cambio, han hecho responsable de su éxito a la ‘madurez’ del pueblo español. En cualquier caso, entre el halago demagógico y la incapacidad de reconocer errores, gran parte de lo político en España se me presentó como un circo de personajes lamentables. Por ahora, esto último me parece incluso tolerable, sin embargo, el día que ello conduzca a que no me sienta seguro en una calle porque mi vida corre peligro, no tendría sentido que vuelva a emigrar porque ya habré regresado a casa.

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